A finales del siglo XIX, cuando las ciudades empezaban a iluminarse con electricidad, hubo una pregunta que valía millones: ¿qué tipo de corriente debía llegar a las casas? La respuesta enfrentó a dos sistemas y a algunas de las mayores empresas de la época.
La corriente continua de Edison
En 1882, Thomas Edison puso en marcha en Nueva York la central de Pearl Street, que suministraba corriente continua a unos cientos de clientes de Manhattan. Su sistema funcionaba bien, pero tenía un problema serio: en continua no había una forma práctica de cambiar la tensión.
Como la electricidad se distribuía a baja tensión, las pérdidas en los cables eran grandes y cada central solo podía abastecer a clientes situados a poco más de un kilómetro. Electrificar una ciudad entera exigía llenarla de pequeñas centrales.
La corriente alterna de Westinghouse y Tesla
La alternativa era la corriente alterna, que cambia de sentido muchas veces por segundo. Su gran ventaja: con un transformador se puede subir la tensión para transportarla lejos con pocas pérdidas y bajarla después para usarla con seguridad.
El empresario George Westinghouse apostó por ella. Compró patentes del inventor Nikola Tesla, entre ellas las del motor de inducción, que permitía usar la alterna no solo para iluminar sino también para mover máquinas. Ese motor fue clave para que la alterna resultara completa.
Una guerra de propaganda
La empresa de Edison respondió con una campaña para presentar la alterna como peligrosa. Se organizaron demostraciones públicas con animales y se promovió el uso de la corriente alterna en la primera silla eléctrica, empleada en Nueva York en 1890, para asociarla con la muerte.
Era cierto que las altas tensiones son peligrosas, pero la campaña no podía cambiar los números: la alterna permitía llevar la electricidad mucho más lejos y mucho más barata.
El desenlace
Dos hitos inclinaron la balanza:
- 1893: Westinghouse iluminó con corriente alterna la Exposición Universal de Chicago, un escaparate ante millones de visitantes.
- 1895–1896: entró en servicio la central hidroeléctrica de las cataratas del Niágara, que llevó electricidad en alterna hasta la ciudad de Búfalo, a unos 40 kilómetros.
A partir de ahí, la alterna se convirtió en el estándar de las redes de todo el mundo. Incluso la empresa heredera de Edison, General Electric, acabó trabajando con ella.
La continua no desapareció
Más de un siglo después, la corriente continua vive una segunda juventud:
- Transporte en alta tensión en continua (HVDC): para distancias muy largas y cables submarinos tiene menos pérdidas que la alterna. Se usa en enlaces entre países y con islas.
- Paneles solares y baterías: producen y almacenan energía en continua.
- Electrónica: móviles, ordenadores y LED funcionan internamente en continua.
Hoy la electrónica de potencia permite convertir de una a otra con gran eficiencia, así que la vieja guerra ha terminado en un reparto: alterna para la mayor parte de la red y continua donde es más eficaz.


